Resumen

El uso de metáforas acerca de cómo nos sentimos ante determinadas situaciones nos hacen cuestionarnos el porqué de dicha metáfora. De esta situación surge la idea de que tal vez las emociones afecten a nuestra forma de percibir el mundo. Por otra parte muchos trastornos psicológicos están fundamentados o influenciados por las emociones. Siguiendo este hilo de pensamientos cabe pensar que además, aquellas emociones que influencien estas psicopatologías proyectarán sus síntomas en sujetos que las padezcan. Por tanto este trabajo se basa en una búsqueda de la información publicada sobre cómo las emociones primarias (tristeza, alegría, miedo, asco e ira) influyen en nuestra percepción, atención y memoria, haciendo mayor hincapié en lo referente al sistema visual, así como qué síntomas visuo-perceptivos presentan algunas de las psicopatologías influenciadas por las emociones primarias (Trastorno de estrés post-traumático y trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad).

Introducción

A menudo describimos el globo ocular como una cámara fotográfica: un conjunto de lentes que forman en la retina una imagen invertida y más pequeña que el objeto original. Sin embargo, la visión no queda reducida a conseguir imágenes de objetos sino que el cerebro es capaz de interpretar dichas imágenes y aportarles un significado.

Una vez que los ojos envían la información de un objeto al cerebro mediante impulsos nerviosos, éste es capaz de reconocerlo si ha tenido una experiencia previa con este objeto. Dicha experiencia además de la vista, puede valerse del resto de los sentidos y nos aporta una sensación (Gregory, 1965). La interpretación que nuestro cerebro hace de la sensación se denomina percepción.

Los orígenes del estudio de la percepción se remontan muy atrás. Las primeras teorías acerca de la percepción partieron de teorías previas, el sentido común y la reflexión filosófica (Luna & Tudela, 2007). Todas ellas intentaban buscar una solución válida a cuestiones como ¿hasta qué punto la información que nos aportan los sentidos sobre el mundo es fiable? De esta cuestión nacen dos corrientes antónimas: racionalismo y empirismo. El racionalismo se basa en la idea de que la razón es la principal fuente de conocimiento y por tanto, los sentidos no son una fuente fiable. Por otra parte, el empirismo defiende la experiencia a través de los sentidos como fuente principal de conocimiento (Rojas Osorio, 2000). Desde entonces a esta parte, se ha producido un cambio en la orientación de la investigación de la percepción, en el que entra en juego la psicología cognitiva y ha dado paso a nuevas corrientes: la investigación fisiológica y el computacionalismo (Luna & Tudela, 2007).

La investigación fisiológica pasó de ser un mero recurso acerca de cómo los órganos de los sentidos y los nervios mostraban una imagen del mundo al cerebro a ser un complemento de la psicología para averiguar qué ocurre una vez que la imagen ha llegado al cerebro.

El computacionalismo, por otra parte sostiene que el cerebro es como un gran ordenador que procesa símbolos. Uno de los investigadores que apoyó esta teoría fue David Marr con su teoría del procesamiento visual, donde estableció que el objetivo primordial del sistema visual es informar sobre la forma de los objetos en el espacio. Para logarlo, se realizaban 3 fases del procesamiento a partir de un input inicial: esbozo primario, esbozo 2½-D y modelo 3-D.

Esta evolución llevo a un punto de inflexión en el que la mente y el cerebro fueron considerados sistemas complejos de procesamiento visual, estrechando la relación entre psicología y neurociencia (Luna & Tudela, 2007).

Dos cualidades estrechamente relacionadas con la percepción son la atención y la memoria. La atención es definida como “una capacidad neuropsicológica que sirve de mecanismo de activación y funcionamiento de otros procesos mentales más complejos como la percepción o la memoria, mediante operaciones de selección, distribución y mantenimiento de la actividad psicológica” (Sánchez Gil & Pérez Martínez, 2008). Se distinguen 3 tipos: atención selectiva, dividida y sostenida. La atención selectiva, permite discriminar elementos relevantes de irrelevantes, convirtiéndose en un pilar clave en la percepción. La atención dividida permite estar concentrados sobre varios estímulos simultáneamente y la sostenida nos permite mantener la concentración sobre el estímulo. En el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH), se ve afectada la atención sostenida, y hay discrepancia sobre si se ve afectada la atención selectiva o la distracción es similar a la que muestran los niños sanos (Moreno Méndez & Martínez León, 2010). Estudios en  adultos pueden clarificar esta dualidad, como el realizado por Couperus, Alperin, Furlong y Mott (2014) en el que evaluaron la atención selectiva mediante pruebas electrofisiológicas en adultos con TDAH y adultos sanos (grupo control). Los resultados insinúan que la posible disminución de la atención selectiva en la infancia tal vez no persista en la edad adulta. Esta afirmación es consecuente con algunas corrientes de investigación que afirman que personas con TDAH tienen una maduración cerebral más lenta. Por otra parte la memoria podría definirse como la retención de información, conocimientos y habilidades (Lieberman, 2012). Mantiene una relación directa con el aprendizaje, que se obtiene a partir de la memoria.

La percepción no queda delimitada únicamente por el tipo de estímulo, sino que se trata de una búsqueda activa para hallar la mejor interpretación de los datos disponibles, y para ello sigue 3 procesos clave (Banco Interamericano de desarrollo, Instituto Interamericano de ciencias agrícolas, OEA, Oficina sanitaria Panamericana, & Instituto Colombiano agropecuario, 1973):

  1. El proceso receptor, en el que los sentidos captan información del exterior, y la transmiten a diferentes áreas cerebrales que interpretarán la sensación obtenida. Es decir, mediante la atención selectiva, soy capaz de identificar qué elementos me interesan del exterior.
  2. El proceso simbólico, liderado por el razonamiento, la memoria y el aprendizaje: yo soy capaz de identificar un objeto porque he asociado previamente unos atributos a un nombre. Si soy capaz de recordar esos atributos e identificarlos en mi sensación, puedo darle un nombre y un significado; y también puedo saber si esa sensación la he experimentado previamente o no.
  3. Proceso afectivo. Este último apartado parte de la idea de que cada experiencia perceptiva puede evocar unas características afectivas u otras, que serán diferentes para cada persona. Por ejemplo, una persona que padece estrés postraumático ocasionado por un accidente de coche, el hecho de ver un coche aparcado en su garaje le provocará unos sentimientos muy diferentes a los que esa misma situación le producirían a una persona sin estrés postraumático que acaba de comprar ese coche.

 El último paso en el proceso de la percepción, sería finalmente elaborar una hipótesis sobre lo que estamos viendo, influenciada por las emociones y la motivación. En ocasiones, se convierte en una hipótesis errónea, y obtenemos las conocidas ilusiones (Gregory, 1965).

Objetivos

Por tanto, basándonos en lo introducido hasta ahora, el objetivo del presente trabajo es realizar una revisión de las publicaciones más destacadas hasta la fecha sobre diferentes líneas de investigación actuales relacionadas con la percepción: 1. Cómo afectan los sentimientos (emociones) a la visión; 2. Qué cambios pueden producir alteraciones en la visión sobre las emociones; y 3. Qué efectos tienen algunas psicopatologías en la visión.

Materiales y Métodos

Para la localización de los documentos que se van a presentar en este trabajo se ha realizado una búsqueda de artículos científicos, revisiones bibliográficas, libros,  y otros recursos didácticos, seleccionando aquellos relevantes con la temática. Las principales fuentes han sido las bases de datos y motores de búsqueda PubMed, Alcorze, Web of Science, ProQuest, SciELO, Google y Google Académico, así como medios no electrónicos, como la biblioteca de la Universidad de Zaragoza.

Los artículos seleccionados se clasificaron en tres grandes bloques para facilitar su revisión: percepción, emociones y psicopatologías. A su vez, en los dos últimos bloques, los artículos se clasificaron en los apartados con los que cuenta el trabajo, a saber, miedo, asco, tristeza, alegría, ira y estrés para el caso de las emociones, y Déficit de Atención con o sin Hiperactividad y Trastorno de Estrés Post-traumático para el caso de las psicopatologías. Hay una excepción y es el caso del estrés visual. A lo largo del trabajo se plantea como una psicopatología más, aunque en el momento de recopilar la información se agrupó con el estrés y la ansiedad en un único grupo.

Los sentimientos y su relación con la visión

Si consultamos el significado de sentimiento en la RAE (estado afectivo del ánimo), vemos que a priori no guarda ninguna relación con la visión. Sin embargo, se han realizado diferentes estudios donde se comprueba que los sentimientos y las emociones influyen en nuestra percepción.

La teoría del “afecto como información” (Schwarz & Clore, 2007) expone que las emociones influyen sobre el procesamiento de la información, y por consiguiente, ante una situación determinada emitiremos un juicio apoyándonos más en nuestros sentimientos que en sus características objetivas. Esto se debe a que las emociones están reguladas en su mayor parte por la amígdala, mientras que la parte racional y objetiva es controlada por el neocórtex, y las proyecciones de la amígdala sobre la parte de la corteza cerebral encargada de la consciencia y el razonamiento (neocórtex) son más fuertes y numerosas que a la inversa. Además, las emociones conscientes son sólo una pequeña parte de la función cerebral, ya que la mayoría son de carácter inconsciente (Yanes, 2008). Esta teoría también se aplica a nivel de la percepción visual, de manera que nuestro estado de ánimo actual junto con las emociones que despierte un objeto en nosotros habrán influido en la percepción que tengamos de dicho objeto.

En el presente trabajo, nos vamos a centrar en las emociones primarias o básicas, que se caracterizan por (Reeve, 2010):

  1. Ser respuestas innatas a estímulos.
  2. Las causas que las originan son las mismas para todos los individuos.
  3. Cada una de ellas tiene una expresión facial universal y única.
  4. Todas ellas tienen una respuesta fisiológica característica.

Muchas de estas emociones tienen como principal objetivo la supervivencia del sujeto, razón por la cual están reguladas en parte por la amígdala. Las emociones primarias en las que parecen estar de acuerdo la mayoría de los autores son: miedo, asco, tristeza, alegría, e ira. Hay discrepancia con otras emociones, como  la sorpresa, considerada como emoción primaria por algunos autores (Ekman, Levenson, & Friesen, 1983), y secundaria por otros. De manera similar ocurre con el amor.

Finalmente, se va a dedicar el final de este apartado al estrés, ya que aunque no es una emoción, es una vía de enlace en muchas ocasiones entre una emoción y una psicopatología.

MIEDO

El miedo es una respuesta fisiológica ante una situación que puede ser considerada una amenaza con un único objetivo: nuestra supervivencia. La amígdala analiza el entorno en busca de señales que indiquen amenaza o peligro. Al mínimo indicio de peligro, manda señales al hipotálamo, que a su envía una orden a las glándulas suprarrenales para que liberen hormonas que nos ayuden a hacer frente al peligro, como la adrenalina. Al segregar adrenalina se desencadenan algunas respuestas: aceleración del pulso (Levenson, 1992), mejorar la atención en el escaneo visual (Ohman, Flykt, & Esteves, 2001), disminución de la producción de lágrima (Puig, 2015), mejorar la sensibilidad al contraste (Phelps, Ling, & Carrasco, 2006), visión en túnel (Stress effects and stress management, s.f.), o la dilatación pupilar (Yanes, 2008; Puig, 2015; Lewis, Haviland-Jones, & Barret, 2008). A continuación interviene la corteza prefrontal medial, que contextualiza el peligro detectado por la amígdala y emite una respuesta al miedo acorde con la magnitud del verdadero peligro (Lerma Carrillo, 2013). Una de las funciones del sistema visual es dirigir sus recursos a detectar eficientemente una amenaza en el entorno y enviar el estímulo a la amígdala por la vía visual subcortical (Hedger, Adams, & Garner , 2015).

Recientes estudios referencian que en situaciones de miedo o en las que el sujeto se siente amenazado, mejora la sensibilidad al contraste (SC) para frecuencias espaciales bajas (LSF), a costa de empeorar la SC en altas frecuencias (HSF) (Nicol, Perrotta, Caliciuri, & Wachowiak, 2013).  Esto es debido a que los estímulos con LSF son llevados por la vía magnocelular a la corriente visual dorsal, encargada de la localización, profundidad y movimiento de los estímulos, mientras que los estímulos HSF utilizan la vía parvocelular para llegar hasta la corriente visual ventral, responsable del reconocimiento de objetos (Lojowska, Gladwin, Hermans, & Roelofs, 2015). Ante una situación en la que un individuo se siente amenazado, es lógico pensar desde el punto de vista de la supervivencia, que es preferible percibir dónde está localizado el estímulo que puede suponernos una amenaza, para tener clara la dirección de escape o enfrentamiento, a tener más detalles sobre su forma física. Esta teoría se sustenta en el mayor número de  conexiones existentes entre la amígdala y el córtex visual en la vía magnocelular, así como en la rapidez de transmisión de información que presenta con respecto a la vía parvocelular. Esto queda reflejado en publicaciones como la realizada por Bocanegra y Zeelenberg (2009).

El miedo puede influir en algunos aspectos de la percepción, como la percepción espacial. En general, las alturas se sobreestiman un 60% cuando se mira desde arriba y un 30% cuando se mira desde abajo (Stefanucci & Proffitt, 2009). A raíz de estos datos, se realizó un estudio en el que se evaluó la sobreestimación de la altura ante diferentes condiciones (Teachman, Stefanucci, Clerkin, Cody, & Proffitt, 2008). La muestra contaba con dos grupos: un grupo con un elevado miedo a las alturas y un grupo control. A ambos grupos se les pedía que juzgasen la altura de un balcón. Para ello debían fijarse en un estímulo que se había colocado en el suelo y la estimación de la altura (distancia del observador al estímulo) se realizaba situando a uno de los investigadores a la misma distancia a la que ellos creían que se encontraban del suelo, pero horizontalmente. Como era de esperar, la altura se sobreestimó tanto si el observador se encontraba en la parte de arriba como en la de abajo, tanto mayor cuanto mayor miedo tenía. En un segundo estudio (Clerkin, Cody, Stefanucci, Proffitt, & Teachman, 2009), se añade un hándicap nuevo: se genera la idea de que la altura puede ser peligrosa: para ello ambos grupos deben estimar la altura mientras se imaginan cayendo desde ella. Ambos grupos sobreestiman la altura cuando se imagina cayendo con respecto a cuando no lo imaginan; y a su vez, el grupo con mayor miedo a las alturas muestran sobreestimaciones todavía más acusadas.

También hay indicios de que el miedo influye en la percepción de la pendiente (Stefanucci J. K., Proffitt, Clore, & Parekh, 2008). Se desarrolló un experimento, en el que los participantes debían estimar la inclinación de una pendiente de 7º desde la parte superior de la misma, estando sobre una caja (situación control) o sobre un monopatín (situación considerada peligrosa y que genera miedo). Todos debían imaginarse bajando por la pendiente y a continuación estimar la inclinación de la misma. Aquellos participantes que se encontraban sobre el monopatín, percibieron la pendiente más inclinada.

En la literatura publicada hasta ahora, se encuentra una dualidad y es tema de discusión el papel de la consciencia e inconsciencia en el miedo y su influencia en la percepción. El paradigma del enmascaramiento visual consiste en presentar brevemente un estímulo (de unos 30ms) que se vuelve invisible al quedar enmascarado por un segundo estímulo (Esteves & Ohman, 1993). Algunos estudios demostraron que la detección de estímulos periféricos por parte del observador mejoraba cuando se presentaba “enmascarada” una imagen que evocaba una amenaza, con respecto a una imagen neutral, sugiriendo que las señales de amenaza se registran independientemente de la consciencia (Carlson, Fee, & Reinke, 2009; Fox, 2002; Mogg & Bradley, 2002). Sin embargo, un estudio realizado por Hedger, Adams y Garner (2015), pone en el punto de mira este paradigma ya que se observa que hay cambios fisiológicos y en el comportamiento cuando la amenaza visual se presenta conscientemente pero no encuentran evidencias cuando es presentada inconscientemente. Estos hechos coinciden con otras líneas de investigación (Pessoa L. , 2005; Pessoa & Adolphs, 2010).

ASCO

Como otras muchas de las emociones básicas innatas, el asco tiene como misión la supervivencia del individuo, aunque es quizás, junto con el miedo, las dos en las que más se aprecia. Se puede definir como una estrategia defensiva que origina una respuesta fisiológica y en el comportamiento para mantener al individuo alejado de agentes patógenos.

Una situación u objeto desagradable es una de las causas que puede suscitar asco en un sujeto. Un estudio llevado a cabo en la Universidad de Florida (Bradley, Miccoli, Escrig, & Lang , 2008),  evaluó la reacción pupilar de un grupo de 27 sujetos ante 32 imágenes agradables, 32 neutras y 32 de carácter desagradable, todas ellas en escala de grises. El tamaño pupilar se cuantificó mediante un eye-tracker durante un total de 11 segundos por ensayo (2 segundos antes de mostrar la imagen, 6 segundos mientras observa la imagen y 3 segundos una vez eliminada). El diámetro pupilar varió notoriamente cuanto la imagen presentada era de carácter emocional, obteniendo tamaños más grandes con respecto a cuando el individuo observaba imágenes de carácter neutro. Dentro de las imágenes de carácter emocional (tanto positivo como negativo), no hubo diferencias significativas entre ellas en cuanto al tamaño pupilar. Sin embargo, estos resultados difieren de los obtenidos por Hess y Polt (1960) que afirman que ante una situación agradable la pupila se dilata, pero ante una situación desagradable la pupila se contrae. Ante esta contradicción se pueden encontrar otras referencias bibliográficas que obtienen las mismas conclusiones que Bradley et al. (2008) (Steinhauer, Boller, Zubin, & Pearlman, 1983)

Existen evidencias de que aquellos objetos que están sucios (suscitando asco en el sujeto) tienden a percibirse más cerca que aquellos que están limpios. La explicación más plausible barajada por los autores es que el sujeto lo ve más próximo para incitarle a poner mayor distancia entre el objeto y él, ya que el asco es una estrategia defensiva para evitar que nos acerquemos a posibles agentes patógenos (Stefanucci, Gagnon, & Lessard, 2011).

Pero el sentir asco no sólo altera nuestra percepción de las distancias espaciales, sino que también altera nuestra percepción de los colores. En un estudio se desarrollaron 3 experimentos en los que se evaluó la habilidad de los participantes para discriminar figuras en tonalidades grises sobre fondos blancos, grises o negros tras inducir a los sujetos un estado de  asco o neutro (Sherman, Haidt, & Clore, 2012). Aquellos participantes que experimentaron asco, tuvieron más facilidad para identificar las figuras sobre fondo blanco, que sobre fondo gris o negro. Tal y como se realizaron las medidas, podemos aventurarnos a extrapolar los resultados al ámbito de la sensibilidad al contraste, cuya medida se realiza discriminando tonalidades grises sobre un fondo blanco, y afirmar que cuando el sujeto experimenta asco mejora su sensibilidad al contraste.

Finalmente, se evaluó la atención y el escaneo visual (velocidad y precisión) (Krusemark & Li, 2011) en una muestra de más de 40 alumnos (la mitad obtuvieron una puntuación alta en el Behavioral Inhibition Scale y el resto obtuvieron una puntuación baja. Este test mide el rasgo ansiedad en los sujetos) a los que se les mostró imágenes en escala de grises de carácter neutral, de asco o amenazante durante 150 ms. A continuación, y superpuesta a la imagen previamente mostrada, se le muestran una línea horizontal en verde, que debe localizar, junto con 7 líneas verticales que actúan como elementos de distracción. Paralelamente se realizan pruebas electrofisiológicas y de neuroimagen para evaluar su atención y escaneo visual. En aquellos ensayos en los que se habían mostrado imágenes que evocasen asco, obtuvieron los tiempos de reacción más lentos, seguidos del estímulo neutral y siendo el tiempo de reacción más rápido tras mostrar el estímulo de miedo. Estos resultados se obtuvieron independientemente del grado de ansiedad de los participantes. Sin embargo, la precisión en la búsqueda visual sí que fue influenciada tanto por parte de las emociones como por parte de la ansiedad: los individuos con altos niveles de ansiedad mostraron una menor precisión con la condición de asco, con respecto a las otras dos emociones (los resultados donde se obtuvieron la mejor precisión fue en individuos ansiosos bajo la influencia del miedo).

TRISTEZA

Desde el punto de la selección natural, la tristeza podría ser una estrategia usada para reducir el gasto de energía y recursos cuando el sujeto percibe que no se puede hacer nada más por conseguir la meta (Stefanucci, Gagnon, & Lessard, 2011). La tristeza es una emoción pasiva y de introspección, que se caracteriza por una disminución de los neurotransmisores noradrenalina, dopamina y serotonina en el cerebro (Kolb & Whishaw, 2006). También puede ser una consecuencia del estrés.

Se ha demostrado que la disminución de dopamina altera las funciones de la retina, lo que a nivel visual implica una alteración de la sensibilidad al contraste y en la percepción de los colores.

Un grupo de investigadores de la universidad Albert Ludwig, en Alemania (Bubl, Kern, Ebert, Bach, & Tebartz van Elst, 2010), analizaron la sensibilidad al contraste en pacientes con depresión mediante un electrorretinograma pattern (PERG). Encontraron que aquellos pacientes con depresión, independientemente de si tomaban medicación para ello o no, tenían una sensibilidad al contraste menor que el grupo control, estrechamente ligada a la gravedad de la depresión. Si bien es cierto que la depresión es un estado extremo de tristeza, es lógico pensar que la sensibilidad al contraste también se vea reducida, aunque a menor escala, cuando una persona pase por un momento de tristeza aislado.

Por otra parte, Thorstenson, Pazda y Elliot (2015) realizaron un estudio para analizar en qué medida un estado anímico triste alteraba la percepción de los colores. Partían de la premisa de “la vida se ve gris cuando estamos tristes”. En el estudio, se dividían los sujetos en grupo de estudio y grupo control. Al primer grupo se le inducía un estado de tristeza mediante la visualización de un vídeo triste y al grupo control se le inducía un estado de alegría o neutro (experimento 1 y 2, respectivamente). Los hallazgos encontrados demostraron que la tristeza perjudicaba de manera estadísticamente significativa la percepción de los colores en el eje azul-amarillo, pero no en el rojo-verde. Los autores barajaron dos teorías: Una posible razón de esta causa es que el déficit de dopamina en la retina afecta principalmente a los conos de longitud de onda corta, que corresponde con los sensibles al color azul (Tannock, Banaschewski, & Gold, 2006). Otra teoría es que haya un pequeño componente motivacional: la tristeza puede dar lugar a una disminución del esfuerzo y atención en la tarea (Thorstenson, Pazda, & Elliot, 2015a). A pesar de que en un primer momento esta segunda teoría fue descartada debido a que los cambios en el eje rojo-verde no fueron estadísticamente significativos en el grupo experimental con respecto al grupo control, fue necesaria una retractación por parte de los autores, ya que al comparar las variaciones en la percepción entre el eje azul-amarillo y el rojo-verde, no se encontraron diferencias significativas (Thorstenson, Pazda, & Elliot, 2015b). Esto, junto con un problema con los datos ha obligado a los autores a realizar un tercer ensayo experimental que sustituya al segundo, que hasta la fecha todavía no se han publicado los resultados. Por otra parte, este artículo ha suscitado otras críticas sobre el diseño experimental inicial, así como sobre los datos obtenidos (Holocombe, Brown, Goodbourn, Etz, & Geukes, 2016), y sugieren utilizar otro tipo de estímulos para suscitar tristeza, como auditivos, o utilizar más de un estímulo, tanto de tipo visual como auditivo, que contengan sensaciones mixtas.

Presenciar un evento triste, también está relacionado con fluctuaciones en la acomodación, alteraciones en el campo visual, lagrimeo y variación en el tamaño pupilar (Miller, Newman, Biousse, & Kerrison, 2008)

Finalmente, se han encontrado evidencias de que una persona que se siente triste, percibe la inclinación de una colina más acusada que cuando se siente feliz. En el estudio realizado por Riener, Stefanucci, Proffitt y Clore (2011), realizaron dos experimentos: en el primero los pacientes escucharon a través de unos auriculares música que inducía a un estado anímico alegre o triste y a continuación debían evaluar cuál era la inclinación de una pendiente En el segundo experimento, los pacientes debían pensar y escribir sobre una anécdota personal de una experiencia positiva o negativa y posteriormente juzgar la inclinación de una pendiente. En ambos experimentos, aquellos pacientes que tuvieron contacto con una emoción negativa estimaron una pendiente más pronunciada que a los que se les indujo un estado anímico positivo.

En esta misma línea sigue el experimento realizado por Gasper y Clore (2002). De manera general, al mostrar al sujeto un entorno, éste tiende realizar una visión general y no fijarse en uno de sus detalles en particular. Sin embargo estos autores llevaron a cabo un estudio en el que demostraron que esto podía cambiar si el estado anímico variaba. En los grupos a los que se les indujo un estado anímico “alegre o positivo” o “neutro”, hicieron mayor hincapié en los esquemas generales de las imágenes que se les mostraban mientras que el grupo con un estado anímico “triste o negativo” se centró en detalles concretos de las imágenes y perdió la perspectiva global.

ALEGRÍA

“La alegría es la evidencia emocional de que las cosas están yendo bien” (Reeve, 2010). La felicidad (estado permanente de alegría), se caracteriza por la liberación de endorfinas por parte de la hipófisis. Un nivel bajo de endorfinas o la ausencia de ellas puede producir sintomatología de depresión y ansiedad, así como aumentar los niveles de estrés. Por tanto, algunos autores se refieren a la alegría como la ausencia de tristeza y viceversa.

En la mayoría de las publicaciones realizadas hasta la fecha sobre las emociones, no muestran cómo afecta la alegría en la visión explícitamente, aunque si lo hacen de manera implícita. Por ejemplo, muchos de los artículos que se han publicado sobre la tristeza y su influencia en la visión, utilizan un estado de ánimo positivo (que podríamos llamar “alegría”) como situación control. Por todo lo dicho, cabe esperar que la alegría influya de manera opuesta a como lo hace la tristeza. De igual manera, si la emoción a estudiar es la alegría, la tristeza (o emoción negativa) pertenecerá al grupo control y los resultados esperados para la tristeza serán contrarios a los obtenidos con la alegría.

Las emociones positivas están asociadas a prestar más atención que las emociones negativas. Así lo demuestra la investigación llevada a cabo por Hüttermann y Memmert (2014). Una muestra de 26 participantes se divide en tres grupos: emoción positiva, negativa o neutra. La prueba consistía en mirar durante 100ms una cruz de fijación central. A continuación y durante 200 ms aparecían dos círculos indicando la localización exacta a la que aparecerían los estímulos (en la misma horizontal, vertical o diagonal que se encontraba la cruz inicial). Seguidamente la pantalla permanecía en blanco 200ms y se mostraba la pareja de estímulos durante 300 ms. Los sujetos debían fijar su mirada en medio de los estímulos presentados (donde se encontraba inicialmente la cruz) y observar periféricamente los estímulos para después señalar verbalmente los componentes de ambos estímulos. Los resultados obtenidos indicaron que no hubo diferencias significativas en la amplitud atencional entre el grupo neutro y el de emoción positiva, pero sí que fue significativa entre estos y el de emoción negativa, siendo menor la atención en el grupo al que se le había inducido una emoción negativa. Estos resultados pueden tener consecuencias en algunas actividades de la vida cotidiana, como practicar deportes o conducir.

Otro estudio que refleja la positiva relación existente entre la alegría y la atención es el publicado en 2012 por Trick, Brandigampola y Enns, que analizaron la habilidad de conducir en 26 sujetos según su estado anímico. Para ello, se sirvieron de un simulador que evaluó la dirección de un vehículo (lo que se alejaba el centro del vehículo del centro de la calle, siendo importante la visión periférica) y la respuesta ante una situación de peligro mientras se conduce (donde prima la importancia de la visión central). Junto con el simulador había una pantalla en la que se mostró al sujeto imágenes que inducían estados anímicos positivos y negativos (ambas con dos variantes: alto y bajo nivel de estimulación o arousal). El simulador muestra un coche que va delante del que lleva el sujeto, siempre a la misma distancia. En ocasiones (la mitad precedidas de una de las dos categorías de imágenes y la otra mitad no) el vehículo frena y el sujeto debe frenar rápidamente para evitar colisionar. Cada vez que se muestra una de las imágenes en la pantalla, el sujeto debe indicar si es de carácter positivo o negativo. Los resultados mostraron dos cosas en cuanto al tiempo de frenado. Por un lado, cuando el vehículo de delante frena 250ms después de que el sujeto indique si la imagen es positiva o negativa, aquellos ensayos en los que se han mostrado imágenes positivas de alto nivel de estimulación, tienen un tiempo de reacción menor que la equivalente imagen negativa. Por otro lado cuando dicho vehículo frena 500 ms después, no existen diferencias significativas en el tiempo de reacción cuando se comparan las imágenes positivas con las equivalentes negativas. Sin embargo, sí existen diferencias en cuanto a su nivel de activación, es decir, se obtienen mayores tiempos de reacción cuando las imágenes tienen un nivel alto de arousal, siendo la situación contraria a los 250ms. En lo relativo al manejo del vehículo, cuando el sujeto estaba bajo la influencia de emociones positivas, el desvío del centro del vehículo con respecto al centro de la calle era menor que cuando se mostraban imágenes negativas, es decir, la dirección del vehículo es mejor cuando el sujeto experimenta emociones positivas, y por ende, los autores sugieren que o bien ante emociones positivas la visión periférica mejora o empeora ante emociones negativas. El estudio llevado a cabo por Gasper y Clore (2002) (mencionado en el apartado anterior) sustenta esta hipótesis de la variación en la visión periférica, aunque en este caso más que empeorar o mejorar la visión periférica según el estado anímico, habla de la variación de la atención selectiva según el mismo.

IRA

La ira, al igual que la tristeza, son reacciones a una experiencia negativa. Una misma experiencia puede generar ira o tristeza. El factor determinante es la valoración cognitiva que hace el sujeto de la situación: si cree que no puede hacer nada más por cambiarlo aparecerá la tristeza, pero si cree que se puede hacer algo, el sentimiento será la ira. Dicho de otra manera, “la tristeza es ira pasiva y la ira es tristeza activa” (Osho, 2016).

La ira se produce en parte por la excitación del hipotálamo y la activación de la amígdala. Está asociada con una mayor actividad en el hemisferio izquierdo cerebral, un aumento en el nivel de testosterona y una disminución del nivel de cortisol y de serotonina (Herrero, Gadea, Rodríguez-Alarcón, Espert, & Salvador, 2010; Montoya, Terburg, Bos, & Van Honk, 2012). Elevados niveles de ira pueden desencadenar síntomas como hiperventilación, aceleración del pulso (Riddle, 2013) o visión en túnel, causada por un aumento de los niveles de adrenalina en sangre (Tunnel vision, s.f.).

Las personas recurren a metáforas para la comprensión de pensamientos y conceptos. Un estudio realizado por Fetterman, Robinson, Gordon y Elliot (2011) buscó la relación existente entre la ira y la tendencia a relacionarla con el color rojo. Evaluaron la relación mediante dos experimentos. En el primero se presentaban palabras a los sujetos que debían identificar si estaban relacionadas con la ira o con la tristeza. A continuación, se les presentaba un color y debían identificar si era rojo o azul. En el segundo experimento se buscaba que el paciente identificase entre rojo y azul cuando previamente se le sometía a una situación que podía ser irritante o no irritante mediante un ruido o un silencio. Los resultados de ambos experimentos muestran que la influencia de la ira no facilita el reconocer un estímulo rojo cuando es rojo, sino que el sujeto ve rojo, independientemente del color presentado. La relación entre la ira y el color rojo no es específico de una cultura. Los autores sostienen que el hecho de que relacionemos la ira con el color rojo hasta el punto de que influye en nuestra percepción visual es en parte por el aumento del nivel de testosterona que se produce cuando una persona está enfadada. Esto incrementa el flujo sanguíneo, haciéndose más visible en el cuello y la cara. Como consecuencia, una persona enfadada presenta una cara enrojecida.

ESTRÉS

Una definición bastante extendida del estrés es el conjunto de cambios psicológicos y fisiológicos que se producen en un organismo como respuesta a una situación de sobrecarga en el rendimiento (Rodríguez Camón, s.f.). No se considera una emoción como tal, sino más bien un generador de emociones principalmente de carácter negativo, como la ira, el miedo o la ansiedad. Ésta última hace referencia al “estrés residual” una vez que el factor estresante ha desaparecido (Estrés y ansiedad, 2014). El estrés es considerado una vía de enlace entre las emociones y algunas patologías psicológicas.

El estrés activa el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal que produce cortisol. Se ha demostrado que aquellas personas sometidas a altos niveles de cortisol sufren un desequilibrio de los neurotransmisores (Lupien, McEwen, Gunnar, & Heim, 2009). Por otra parte, el cortisol daña al hipocampo. En un estudio reciente realizado en ratas, que reaccionan al estrés de manera similar a los humanos, se ha comprobado que el volumen del hipocampo disminuye cuando estas ratas se someten a estrés en periodos de dos horas durante 10 días (Rahman, Callaghan, Kerskens, Chattarji, & O’Mara, 2016). Los resultados se hicieron significativos a partir del tercer día del estudio. Esta pérdida de volumen se traduce en problemas de memoria.  El hipocampo mantiene una relación con la percepción visual: como se ha explicado previamente, toda percepción empieza con un proceso receptivo y un proceso simbólico, en el que uno es capaz de identificar el objeto o situación porque tiene esas características guardadas en la memoria. Esto es parte de la memoria semántica, que en el caso de la visión, se almacena en el córtex visual. Todo esto ocurre en menos de un segundo, y para que seamos conscientes de ese objeto o situación, la información pasa a la memoria a corto plazo (córtex prefrontal). Uno de los encargados de coordinar ambas cortezas cerebrales es el hipocampo (Soto, 2011), por tanto juega un papel muy importante en la percepción visual.

A nivel ocular, se ha encontrado una relación entre el estrés, la ansiedad y la miopía: aquellos sujetos que están sometidos a situaciones de ansiedad o estrés obtienen resultados más miópicos durante el examen visual (Vidal, 2000). Un episodio aislado de estrés puede producir mioquimia palpebral (Amster, 2011). Situaciones altamente estresantes pueden producir trastorno de la conversión o síndrome de Streff.

 El trastorno de la conversión se trata de una afección mental que produce síntomas neurológicos y no se pueden explicar por medio de una valoración médica (Trastorno de conversión, 2014). El trastorno de conversión cursa con síntomas a nivel visual tales como visión en túnel o campo visual en forma de estrella, fluctuación en la agudeza visual, mala adaptación a condiciones escotópicas (Lai, Lin, Yang, & Chen, 2007). Un caso particular del trastorno de conversión es la ambliopía histérica, que además de los síntomas ya mencionados cursa con posible espasmo de acomodación y estereopsis alterada (Kattouf & Tahir, 1999). Como criterio de diagnóstico, además del examen visual, se utilizan pruebas de electrodiagnóstico, como potenciales evocados visuales, electrooculogramas y electrorretinogramas, para comprobar el estado de la retina y de las vías visuales (Behrman, 1969). El tratamiento por excelencia para el trastorno de conversión es terapia psicológica que ayude al paciente a reducir o eliminar su estrés. En ocasiones, puede ser útil un programa de terapia visual en el caso de la ambliopía histérica que alivie sus síntomas visuales.

El síndrome de Streff, también conocido como ambliopía funcional juvenil, es muy común en edad escolar y cursa con disminución de agudeza visual bilateral en visión próxima y lejana, sin signos de patología y sin apenas error refractivo (Scott & Caughell, 2010). También cursa con campos visuales reducidos, alteraciones en la visión del color, amplitud de acomodación baja y flexibilidad acomodativa alterada y fallos en la coordinación ojo-mano (Conchillo Guerrero, 2015). Kowalski (1994) estableció que además cursan con estereopsis reducida. Su tratamiento principal es la terapia visual, y en ocasiones prescripción de una adición baja. En algunos casos puede ser interesante derivar al paciente al psicólogo, para tratar de eliminar el factor estresante.

Algunos especialistas consideran que el síndrome de Streff y la ambliopía histérica es lo mismo, entre ellos Kisling (2009). Otros consideran que la diferencia radica en sus bases etiológicas (Gilman, 1981): En el síndrome de Streff, su componente etiológico principal es un desorden del sistema nervioso autónomo causado por un componente visual, mientras que en la ambliopía histérica, su componente fundamental es psicológico. Por un lado, la ambliopía histérica tiene como secundarios signos y síntomas visuales, y por otro lado el síndrome de Streff tiene presuntamente signos y síntomas psicológicos secundarios (Erickson, Griffin, & Kurihara, 1994). También se han registrado en casos de histeria ptosis, alteraciones en el diámetro pupilar, los movimientos oculares y el campo visual (Vidal, 2000).

Cambios que produce la visión sobre las emociones

Al igual que la depresión tiene consecuencias a nivel visual, hay estudios que afirman lo contrario: la pérdida de visión aumenta el riesgo de padecer depresión, sin embargo la gravedad de la pérdida de visión no está asociada con un mayor riesgo de tener depresión o con la gravedad de la misma (Tournier, Moride, Ducruet, Moshyk, & Rochon, 2008). Este estudio se realizó en una población anciana (65 años o más), y una de las posibles razones es que una pérdida total o parcial de la visión lleva a una disminución de la calidad de vida y a una mayor dependencia por parte del sujeto para actividades de la vida cotidiana. Muchos de estos sujetos acaban evitando actividades físicas y se aíslan socialmente, lo que puede conducir a una depresión. No obstante, hay que tener en cuenta que puede haber otras causas probables de esta relación o que simplemente la depresión y la pérdida de visión coexistan en un gran número de personas, debido al envejecimiento de la población (de acuerdo con la OMS, el 82% de las personas que padecen ceguera y el 65% que sufren discapacidad visual tienen más de 50 años; y más de un 20% de las personas mayores de 60 años tienen un trastorno mental o neural, siendo la depresión y la demencia los más frecuentes).

 

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